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Finca do Espiño, un paseo gótico en Santiago de Compostela

07/10/2015

“[Un relato de terror] para ser auténtico arte debe constituir básicamente la cristalización o simbolización de un estado emocional definido, no un intento de describir hechos porque los 'hechos' en cuestión son, por supuesto, ficticios e imposibles”. H.P. Lovecraft.

La atmósfera en cualquier relato de horror, como explicaba el maestro de la literatura sobrenatural, se crea a partir de cualquier cosa que sugiera una situación ominosa más allá de lo que perciben nuestros sentidos pero que nuestras mentes pueden comprender. Un paseo por la Finca do Espiño quizás no sea una llamada hacia esas atmósferas de lo inquietante pero sí posee una cualidad etérea: permanece con un aura auténtica, una pátina de realidad que se escapa en un mundo de diseño, pensado para que caminemos por donde más nos conviene, fuera de los lugares con su propia historia. La Finca do Espiño proporciona ese placer a extinguir: el de saborear un instante de un tiempo perdido. Finca do Espiño, un paseo gótico por Santiago de Compostela.

La historia contemporánea de la finca y las ruinas del pazo de su interior, comienzan en la salida occidental de Compostela con el siglo XX, una centuria de sueños ambiguos y realidades turbulentas. Antes, O Espiño compartía las tareas de este lado de la ciudad: proveer de alimentos y manufacturas a la ciudad: después de a las huertas, se situaban junto a los ríos de mayor o menor tamaño  curtidorías y molinos. La modernidad fue dando de lado poco a poco a los oficios y los barrios occidentales de la ciudad fueron ganando prestigio por ser los más cálidos y luminosos. 

En 1910 el arquitecto Jesus López del Rego diseña un palacio para el político Ramón Gutiérrez de la Peña Quiroga. Se trata de un edificio en estilo neogótico que se abre en el corazón de una frondosa carballeira. El estado de la propiedad o cómo se fue abandonado el edifico pertenecen al pasado; al igual que los intentos por dar a la edificación otros usos hasta que el abandono la convirtió en una ruina moderna y curiosa. 

Hoy un paseo por la Finca do Espiño o reparar en los detalles que permanecen en pie del palacio, como la gárgolas, o sentarse en los pequeños estanques que decoraban el patio trasero son experiencias que, sin querer, nos transportan a otra época. Los años en los que la finca estuvo cerrada favorecieron a las especies vegetales y animales. Un jardín singular en el que crece libremente, además de robles y álamos, plátanos y especies exóticas. Un piar de pájaros, desde especies córvidas hasta sencillos ruiseñores, han hecho de estos árboles su hogar, y un paseo por los senderos habilitados estará acompañado de graznidos y trinos que recuerdan al paseante quién es el habitante del lugar.

Desde su terraza mirador se puede divisar la Catedral, la Alameda y otros espacios emblemáticos de la ciudad. Al caer el día, las sombras se mezclan con los últimos recovecos de luz que se cuelan entre los carballos. Un momento de  en el que se captura la melancólica belleza de la Finca do Espiño.

Las brumas de octubre y la luz arrebatada que ilumina la ciudad durante los meses de otoño e invierno ofrecen un cariz antiguo y auténtico a o Espiño. Frente a propuestas diseñadas desde la obligación funcional, este parque deja en nuestro ánimo la intención de abandonarnos a nosotros mismos.

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